miércoles, 28 de septiembre de 2011

No Temas a la Oscuridad


Diana iba de camino a casa desde su oficina. Como cada noche, atravesaba un parque cercano, así ahorraba unos minutos, pero algo le daba mala espina. Estaba inquieta y no sabía porque. Era una fría noche de otoño, y la falta de luna hacía más difícil la visibilidad. 'Y encima que hayan cuatro farolas en todo el parque no ayuda', pensó mirando alrededor. Cruzó los brazos para resguardarse un poco más del frío, y al hacer ese movimiento, escuchó un crujido a sus espaldas. Diana se giró de golpe y, paralizada, intentó entrever algo en la penumbra...nada....'Que estúpida que soy', dijo para si misma, y haciendo un suspiro prosiguió su camino.


Lo que ella no sabía es que esa mala sensación no estaba sólo en su cabeza. Algo le acechaba entre las sombras. Algo que esperaría el mejor momento para hacer su entrada.


Ella siguió caminando, ya faltaba menos para salir del parque y encontrarse con la cálida luz que desprendían las farolas de la calle, ahí si había buena iluminación y ya no tendría nada que temer. Ese miedo a la oscuridad, un miedo irracional que tenemos los humanos, le acompañó todo el trayecto, y la esperanza de encontrase de nuevo con la luz hizo que acelerara el paso.


De repente, oyó otro ruido detrás de ella. Se detuvo en seco. ¿Serían otra vez imaginaciones suyas? 'si, seguro que sería eso', deseó en su interior. Fue volviéndose lentamente pero algo le hizo comprender que no era su imaginación. De reojo, pudo ver una masa negra. Al volverse, fue subiendo la mirada hasta encontrar un rostro cubierto por una capucha. Un soplo de aire la movió, y entonces Diana se encontró con una gran boca que centró toda su atención. El ser que le había estado persiguiendo sigilosamente por todo el parque abrió esa gran boca, y una hilera de colmillos ensangrentados se fue acercando a su rostro. Ella gritó, y para su sorpresa, el ser río.


-No debes temer a la noche -le dijo arrastrando las palabras- sino a los seres que en ella habitan.


Con un movimiento rápido, dejó ver sus largas manos como garras, le abrazó y le arrancó el corazón. En unos segundos, Diana terminó de sufrir, pues ya no volvería a tener miedo a la oscuridad.

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