viernes, 25 de noviembre de 2011

La Autopista de Los Muertos -Parte II-

-II-


Manuel apagó el motor y salió del coche. Varios conductores de diferentes vehículos hicieron lo mismo. Por sus caras se veía que habían estado escuchando si no el mismo programa de radio, uno similar.

¿Que está ocurriendo? ¿Porque no podemos entrar a la ciudad? —preguntó una mujer regordeta de pelo castaño con un bebé en sus brazos.

—Dicen que la entrada está colapsada. ¿Habéis escuchado la radio alguno de vosotros? —Preguntó un hombre mayor con todo el pelo blanco.

Muchos asintieron. En sus rostros se podía ver el miedo.

—En la emisora que tenía puesta....la chica que estaba retransmitiendo desde el Hospital de Barcelona empezó a gritar. Parece que hay atacantes en todos sitios. —dijo Manuel.

—Joder, ¿hemos entrado en guerra? —dijo una chica joven pelirroja y de constitución menuda.

Algunos la miraron con preocupación. «Ese sonido….los gritos y los disparos, ¿podrían tratarse de soldados invasores? Pero, ¿quién podría ser?». Manuel estaba desconcertado, no les dejaban pasar, a la locutora de radio la habían atacado en el hospital, el cual estaba colapsado…repasaba todos los datos en su cabeza, y cuanto más lo hacía, más desconcertado estaba.

—Puede ser, pero nos hubieran informado ¿no? tenemos que llegar a la ciudad lo antes posible y enterarnos de lo que está pasando de una puta vez —dijo una mujer con traje de oficina y el pelo rubio recogido en una coleta alta. Subió a su coche de nuevo, cogió su bolso y fue en dirección a la ciudad en paso decisivo.

—Tiene razón, tenemos que hacer algo —la joven de pelo rojo la siguió con la mirada y cruzó los brazos.

—Por la radio han dicho que pronto saldrá el presidente y dirá lo que está pasando, en treinta minutos, bueno de eso hace diez, quizá deberíamos esperar....

El hombre de mayor edad había hablado con tono tranquilizador, parecía que no quería inquietar al resto.

—¡¡Yo no puedo esperar!! —Manuel estaba nervioso y subió demasiado la voz. Intentó tranquilizarse antes de proseguir —Mirad…tengo a mi familia en la ciudad y no se si están bien, el teléfono no me da señal y..

—¿Crees que eres el único que tiene familia aquí? —Contestó la mujer del bebé con brusquedad. —Estoy intentando localizar a mi marido y nada.

—A mí tampoco...que extraño... —dijo un chico de no más de veinte años con una chaqueta de cuero.

Manuel se sentía avergonzado. Había sido un egoísta por ponerse así; claro que todos tenía algún ser querido en la ciudad por el que estarían preocupados.

—Yo….lo siento, tienes razón… —Manuel se apoyó en su peugeot negro.

—¿No creéis que es extraño que no funcionen los móviles? —La mujer del traje caminaba hacía ellos con su móvil en la mano. —He estado preguntando y se ve que muchos tampoco pueden contactar con los suyos, sólo unos cuantos han podido, parece que las líneas están saturadas.... —guardó el teléfono en su bolso de cuero negro.

—Eso no ayuda... —dijo una mujer embarazada que se acababa de unir al grupo caminado con dificultad

—¡Eehh! —Dijo una voz desde un coche —el presidente está hablando en directo...

Todos callaron. Manuel entró en su coche dejando la puerta del conductor abierta, puso la llave en el contacto y encendió la radio a todo volumen.

—Ciudadanos, estamos muy cerca de encontrar a los responsables de los ataques acaecidos en el día de hoy. —Era la voz del vicepresidente, de eso no había duda, pero sonaba cansada y nerviosa. —Pedimos a toda la población que mantengan la calma, se queden en sus casas y respeten las recomendaciones que a continuación les dará el Ministro de Sanidad. La situación está controlada y en breve todo volverá a la normalidad. Muchas gracias.

Eso fue todo, y antes la escasez de palabras, todos se miraron perplejos. Se escuchaban voces de los periodistas, preguntas que jamás serían contestadas. Parecían estar tan confusos como los que se encontraban en la carretera.

Se hizo el silencio. Antes de que ninguno pudiera comentar lo ocurrido, otra voz habló.

—Buenas noches. —Era el Ministro de Sanidad. —Me dirijo a ustedes para darles unas pequeñas recomendaciones de seguridad. Son sólo para mantener el orden, como ya a dicho el Presidente, la situación está cerca de estar controlada. Las recomendaciones que les vamos a dar están hechas tanto por el Ministerio de Defensa como el de Sanidad.  —Hizo una pausa y se oyó el sonido de papeles. —No salgan a la calle si no es estrictamente necesario. No se acerquen a desconocidos. No se acerquen a personas que tengan un comportamiento errático u extraño. Manténganse en sus casas lo máximo posible y almacenen en ellas provisiones. —Nadie habló, parecía absurdo todo lo que estaba diciendo —Eso es todo. En cuanto tengamos más noticias, se las comunicaremos. Pero como ya he dicho, no hay motivos por los que alarmarse, estás directrices son sólo pequeñas recomendaciones. Muchas gracias.

Se escucharon más voces de los periodistas, papeles, flashes...pero de nuevo ninguna respuesta. Todos se encontraban sorprendidos y parecía que nadie entendía nada. Manuel salió del coche para reunirse con el resto de personas que estaban retenidas a la fuerza allí.

—Entonces.... —dijo la mujer embarazada —¿Qué coño pasa?

—Ni idea —contestó Manuel —pero por mucho que digan que no nos preocupemos, es algo importante. ¿No salgan de casa? y después dicen que la situación está controlada.... —dijo con indignación.

—Ya bueno, el Gobierno no es que de muchas explicaciones normalmente, y la verdad, parece que no tengan ni puta idea de lo que está pasando realmente —dijo la chica pelirroja y sonrió. —Por cierto, soy Laura.

—Tony. —añadió  un hombre cuarentón que se acababa de unir a ellos. — Yo lo que se es que voy a entrar en la ciudad como sea. No nos pueden dejar aquí tirados con esa mierda de información. Y han pasado muchos coches patrulla y ambulancias. Eso es que está pasando algo gordo, y no pienso quedarme aquí esperando.

Manuel deliberó las palabras de ese hombre. Estaba claro que pasaba algo, y no podía contactar con su mujer y su hija, lo que le preocupaba. Debía hacer algo, llegar a su casa como fuera. Aunque para ello tuviera que caminar cien kilómetros hasta casa.

Todos se miraban. Estaban meditando qué debían hacer. Manuel sólo quería saber como estaba su mujer y su pequeña. El comunicado del gobierno indicaba que algo iba realmente mal y no saber que ocurría le daban ganas de correr de camino a casa.

—Tiene razón, deberíamos ir, aunque sea a pie. —Laura miró a todos. —No se vosotros pero yo no quiero quedarme toda la noche aquí.

La gente empezó a dar su opinión. Algunos estaban decididos a ir andando a la ciudad si hacía falta, otros dudaban y preferían esperar. Después de pensárselo unos minutos, Manuel decidió ir a buscar a su familia. Estaba demasiado nervioso para quedarse de brazos cruzados, y el no poder contactar con ellas le inquietaba.

—Bien, entonces los que decidamos ir a pie, ¿cuando vamos? —dijo Manuel al resto del grupo.

—Yo no piensa moverme de aquí, es mejor esperar, ¿no habéis oído lo que han dicho en la radio? La cosa es seria, y la ciudad está colapsada, todos tendríamos que esperar a que los policías nos digan qué debemos hacer. —La mujer del bebé se marchó a toda prisa a su coche.

Algunos más siguieron su ejemplo. Manuel observó como a pesar del miedo y la incertidumbre, preferían esperar a aventurase a ir a la ciudad. Varios coches de policía pasaron a su lado con las sirenas puestas y se detuvieron a unos kilómetros de donde se encontraban.

—Podríamos ir a preguntar como está la situación allí. —Tony miró a los pocos que se habían quedado. —Puede que nos ayuden o nos digan algo más….

—Pues vamos ahora mismo —contestó Laura y empezó a caminar con paso decidido.

Manuel no dudó y la siguió de cerca. Tony hizo lo mismo, al igual el chico de la chaqueta de cuero y la mujer con traje de ejecutiva.

Quedaban varios kilómetros hasta entrar a Barcelona, y en cada paso que daban, alguien más se unía a ellos. Se oían susurros de duda e indignación. Nadia sabía seguro que ocurría y eso hacía que estuvieran nerviosos y enfadados. A una pareja de unos treinta años les sonó el teléfono. Lo cogió ella.

—¡Hola cariño! ¿Estás bien? ¿Sabes que está pasando?

La mujer calló durante un rato. Todos se detuvieron para escuchar lo que ocurría. Manuel miró su móvil. «Probaré a ver si localizo a Andrea, tengo que saber si ella y Claudia están bien. Por Dios, que estén bien.»

— Te noto extraña ¿no te encuentras bien, cielo?

Se oía una voz aguda a través del móvil. A Manuel no le gustaba tener que escuchar conversaciones ajenas, pero esperaba que esa chica tuviera algo de información que darles.

—¿Como que el vecino de al lado te a mordido? ¿Que habéis discutido o algo...?

Silencio. La mujer estaba cada vez más alterada. Su marido la cogió del brazo y ella se apartó. Todos los que se encontraban cerca callaron al ver como la mujer empezaba a llorar.

—¡No, no! ¡No abras la puerta! ¡¡Quédate en tu habitación, cierra todas las puertas y no te mu...!! ¿Cariño? ¡¿Cariño, estás ahí?! ¡¡¿Que son esos ruidos?!! ¡¡Anna!!

La mujer apartó el teléfono de su oreja y lo miró, atónita. Sus ojos estaban llenos de lágrimas y su marido la abrazó.

—Le ha pasado algo, Joel. Dice que ha visto el mensaje del Presidente, y que por el barrio hay rumores de ataques a personas, parece un virus. Dice que por la televisión informan de que puede que nos hayan atacado con un arma biológica, química o algo así.... —Su voz se estaba volviendo cada vez más chillona. —Dice...dice que el vecino la ha mordido ¡¡como ha podido morderla!!

—Cálmate Lara. —Su marido la cogió por los hombros para tratar de tranquilizarla. —¿Que más te a dicho Anna? —Su voz sonaba firme, aunque Manuel pudo notar algo de nerviosismo.

Lara empezó a respirar lentamente. Intentaba calmarse antes de seguir explicando lo que había ocurrido.

—A sido muy extraño...estaban…estaban dando golpes en la puerta, y le dije que no abriera y de repente escuché como algo caía al suelo. Y después....Dios, ¡Después se oyeron gritos! ¡Nuestra pequeña gritaba y no pudimos ayudarla! ¡No estábamos allí para ayudarla! y luego esos gruñidos. Unos gruñidos que se alejaban…¡Nuestra pequeña! ¡Debemos ir a ayudarla! ¡Debemos salvarla! —Empezó a sollozar y se derrumbó. Cayó al suelo de rodilla. Joel la abrazó mientras una lágrima caía por su rostro.

Todos los presentes se estremecieron. Algo muy raro estaba pasando. A aquella pequeña la habían atacado y nadie pudo ayudarla. Manuel pensó en su mujer y su hija. Debía llegar a su casa lo antes posible. Apretó los dientes y se hizo daño en la mandíbula.

Empezó a caminar como un autómata hacia los policías. Debía saber que ocurría, y sobre todo, tenía que llegar a casa. 


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