jueves, 26 de enero de 2012

Atrapada

El sol abrasaba el asfalto. Era finales de verano y hacia un calor infernal. Era cerca de las 5 de la tarde y aun había la misma claridad del medio día. Amanda caminaba por un lado de la carretera. Llevaba unos shorts tejanos y una camiseta roja de tirantes, y aun así el sudor le recorría todo su cuerpo. Se colocó bien las gafas de sol y miró al horizonte. Nada. Su coche, un viejo Fort azul se había averiado y la grúa tardaría horas en llegar. Perdida en medio de ninguna parte, decidió caminar hasta la gasolinera más cercana y poder así refrescarse un poco.

‘No hay ni una jodida alma’, pensó, llevaba ya 20 minutos caminando  y estaba cansada. A pesar de llevar unas cómodas bambas blancas, el calor y la sed le dificultaban el  viaje. Tampoco había pasado ningún coche, sólo una moto que pasó a su lado a gran velocidad. ‘Vaya mierda de sitio, ya se podía haber estropeado en la ciudad’. Recogió su cabello rubio en una coleta y prosiguió.

Escuchó ruidos de neumáticos. Una sonrisa se dibujó en su rostro, ‘espero que me acerquen a un sitio civilizado’. El coche avanzaba a poca velocidad, era negro, y se veía muy sucio. Amanda tuvo una extraña sensación. La de una presa ante un depredador, acechando, estudiando todos los movimientos que ella pudiera hacer… ‘Tonterías’, pensó y se giró hacia el coche.

-Hey, guapa, ¿podemos ayudarte en algo? –dijo un hombre moreno de aspecto rudo.
El coche ya estaba a su altura, y aunque Amanda seguía caminado, la lentitud con la que circulaba el coche hacía que no tuviera detenerse.  En su interior había dos hombres.
-Puede ser, ¿vais al norte? Me iría bien que alguien me llevara a la gasolinera más cercana.
Amanda estaba acostumbrada a estas situaciones, coquetearía un poco con ellos, ellos la acercarían donde ella quisiera, y adiós. Lo había hecho muchas veces en la ciudad, y lo volvería a hacer si con eso conseguía que la llevaran.
-Claro muñeca, súbete, te acercaremos donde tu quieras – dijo un hombre más joven y apuesto. El coche se detuvo. Amanda sonrió.
-Gracias chicos, no sabía que encontraría a gente tan simpática por aquí – subió al coche contoneando las caderas.
Los dos hombres se miraron.
-Hay cosas que no sabes de sitios como este guapa.

Amanda se quedó parada. El coche se puso en marcha y avanzaron hacia el norte. Aunque estaba incomoda, intentó disimular, ya que sabía que demostrando que era fuerte no le podía ocurrir nada.

-Y decidme, ¿A dónde vais?
-Aquí y allí - le contestó el hombre moreno- a todas partes. Viajamos mucho, así que no podemos decir que vayamos a ningún sitio. ¿Y tú? ¿Qué hacía una chica tan guapa en medio de la carretera más solitaria del mundo?
-Me iba al norte, a visitar a mis padres, mi coche se averió y la grúa tardará horas en venir, así que pensé en acercarme a una gasolinera a tomar algo hasta que me llamen al móvil y vuelva al coche.
-Interesante…. -dijo el joven- debes de estar cansada, no te preocupes, no falta mucho para llegar.
-Perfecto, muchas gracias por acercarme -contestó Amanda, parecía que sus nervios eran infundados. El hombre más mayor puso la radio.

Pasaron cinco minutos, y Amanda pudo ver a lo lejos la gasolinera. Ya estaba cerca y podría beber y relajarse pronto. Poco a poco el coche se fue acercando, pero para su sorpresa, no se detuvo.
-Hey, parad, ¡que os pasáis la gasolinera!
-No muñeca, vamos a un sitio mejor… -los dos rieron a carcajadas, Amanda intentó abrir las puertas traseras – ni lo intentes, esto antes era un coche patrulla, ¿entiendes? Se entra pero no se sale. –se rieron más fuerte.
-¡¡Dejadme bajar hijos de puta!! ¡¡Os voy a denunciar y se os va a caer el pelo cabrones!! –cogió su móvil y marcó el numero de la policía.
-Grita e insulta todo lo que quieras, intenta llamar, para cuando te encuentren ya habremos acabado contigo.
Amanda se estremeció, esas últimas palabras cayeron sobre ella como agua fría. ¿Cuáles eran sus planes? ¿La violarían y asesinarían como había visto tantas veces en noticias y películas? Esas cosas que piensas que nunca pueden pasarte a ti, pero que por desgracia el destino te las tenía preparadas.

Al poco empezaron a ir más lento.
-Este es un buen sitio, para aquí – dijo el joven.  Estaban cerca de un campo de maíz.
Pararon el coche y el joven bajó.
-Venga guapa, si te lo vas a pasar genial –abrió la puerta trasera.
-¡¡No por favor!! ¡¡No me hagas daño, hare lo que quieras por favor!! – el joven la cogió para que saliera más rápido del coche. Amanda busco en su bolsillo trasero del pantalón las llaves del coche.
-Si eres buena chica puede que no te hagamos daño – al oír esto, el hombre del coche hizo una risa sarcástica.
-Si si, hare lo que tu quieras, por favor pero no me hagas daño –le dijo Amanda suplicante, mientras se colocaba las llaves a modo de puño americano.
-Eso esta bien y ahora desnúdate –le dijo acercando su cara a la suya.
Amanda vio la ocasión y le dio un puñetazo con las llaves. El joven gritó y en su rostro se dibujó un largo arañazo.

-¡¡Puta!! –graznó.
Amanda se apartó y fue corriendo por el campo de maíz.
-¡¡Serás gilipollas!! ¡¡Como has dejado que se escape!! ¡¡Muévete, tenemos que cogerla!! 
Mientras corría sin rumbo fijo, podía escuchar como los pasos de los dos hombres se iban acercando a ella. Aterrada, intentó correr lo más rápido que pudo, cambiando de trayectoria para despistar a sus perseguidores.

Un golpe seco.  Le dio un vuelco el corazón.  Al girarse chocó contra algo. Alguien. Ella gritó y la mujer que tenía delante le tapó la boca.
-No querrás que nos escuchen - dijo en un susurro. Amanda negó con la cabeza- Bien, entonces calladita. - le dedicó una desdentada sonrisa.
La mujer la dirigió hasta los alrededores del campo de maíz. Cerca se veía una casa destartalada de madera. Un hombre de mediana edad se acercó.
-¿Qué eran esos ruidos, Anie? –le dijo escopeta en mano.
-Unos hombres importunando a esta dulce señorita –dijo rodeándola con el brazo, Amanda estaba inquieta, todo era muy extraño, irreal. Esa falsa amabilidad no le gustaba.
-Ah, bien bien, Otis se encargará de ello.
-Otis ya se está encargando de ello cariño –río, de una forma estridente que hacía que se te erizaran los pelos de todo el cuerpo.
Aun con el brazo sobre sus hombros, la mujer intentó que Amanda caminara hacia la casa.
-Gracias por ayudarme pero yo….debo regresar a la carretera, el de la grúa me está esperando y si me retraso llamará a la policía y….
Se escucharon pasos y el ruido de algo pesado arrastrando por el suelo. Amanda se giró, alguien grande, muy grande llevaba a rastras a los dos hombres que había intentado violarla.
-Ya te dije que se encargaría - repitió la mujer- y ahora - miró a Amanda- se acerca la hora de cenar y hay que prepararlo todo.
-Yo….se lo agradezco, por ayudarme e invitarme a cenar - dijo sin dejar de mirar a la mole que se les acercaba, los dos hombres parecían muertos. Intentando contener un grito, prosiguió- pe…pero como ya he dicho me esperan en…
-Si si, ya te hemos oído, pero te necesitamos dentro, venga  pequeña, acompáñame –le dijo.
El hombre levantó un poco el rifle, y Amanda acompaño a la mujer a dentro, seguidos por el gran Otis con los dos cadáveres.

Al entrar todo estaba en penumbra.  Entraba luz del día, pero las densas cortinas no dejaban pasar toda la claridad. Había un hedor ocre, un hedor que nunca había olido antes, y las moscas revoloteaban por todas partes. Intentó analizar la habitación, imaginarse por donde podía escapar.
Otis dio un golpe, había dejado los dos muertos encima de una gran mesa que había en la habitación de al lado. Amanda podía verlo todo y que no había puertas que las separaran.
-Ven conmigo dulzura. –dijo la mujer, tenía un tono perverso en la voz.
Amanda saco el teléfono, he intentó llamar a la policía. El hombre le dio un golpe en la mano.
-¿Pero que coño haces? ¿Piensas que somos idiotas? Eh Anie, piensa que somos idiotas –los tres se rieron a carcajadas, Amanda se acurrucó en un rincón, no entendía el comportamiento de esas personas, en un principio sus salvadores, que se habían convertido en sus captores.
Otis sacó un hacha de su bolsillo, Amanda se apartó aun más, y esté, entre risas, se lo fue acercando a la cara. Se dirigió a la mesa donde estaban los dos hombres y empezó a cortarlos, a hacerlos pedazos.
-Por favor, dejadme marchar, me están esperando, no diré nada, se lo juro, por favor –dijo entre sollozos.
-No no no, no podemos dejarte marchar ¿no lo entiendes? Realmente te necesitamos para la cena. – la mujer se le acercó. Amanda se apoyó contra la pared y se dejó caer.
-No, por favor – cogió de nuevo las llaves que antes le habían salvado la vida.
-No nos lo pongas difícil y todo irá bien –le sonrió de nuevo, Amanda se estremeció, pero controló su miedo y le dio un puñetazo en la cara.

La mujer cayó al suelo, Otis y el hombre fueron a por ella. Amanda corrió hacia la puerta, pero sólo tuvo tiempo de oír lo que sería lo último que escucharía en su corta vida. Entonces entendió porque era tan importante para ellos que se quedara, porque la reclamaban tanto para la cena.  La sangre, caliente, le empezó a caer por toda la cara debido al golpe certero en el cráneo que le había dado Otil.

Esas palabras fueron: ¡¡Cuidado!! ¡¡Que nuestra cena se escapa!!

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