jueves, 10 de octubre de 2013

El Último Juego de Niños, Capítulo 2

Matt se estaba aburriendo. Escuchaba atentamente lo que le decía ese chico de doce años que había robado una gallina de su propiedad.

Estaban en el comedor del gran hotel que utilizaba como cuartel general y hogar. Era una sala grande, con enormes ventanales y una mesa en el centro que habían colocado en modo de estrado. El suelo estaba cubierto de elaboradas alfombras de colores cálidos que estaban empezando a deshilacharse por la falta de cuidado, y en la pared había una gran lámpara de araña a la que le faltaban ya unos cuantos cristales. Matt Nolan, un chico de diecisiete años fuerte, no muy alto y de espeso pelo castaño oscuro era el señor de la ciudad, por lo que también impartía ley, su ley, ante cualquier tema. Quien la infringía, sabía que iba a recibir lo que para Matt era un justo castigo y el resto de la ciudad, una crueldad gratuita. Se había puesto una camiseta de tirantes negra, unos tejanos gris oscuro y unas botas de cuero negro, su ropa favorita para impartir su justicia, algo que le daba un aspecto despreocupado y agresivo.

El chico se excusaba y sollozaba todo el rato, estaba muy nervioso y asustado, y a pesar de que a Matt le gustaba que le tuvieran miedo, le estaba resultando muy pesado oír tanta palabrería.

—Ya basta — dijo con severidad y clavó sus ojos azules en los del chico — Ya has dicho lo que tenías que decir, y de paso te has repetido mil veces.

— Pero, pero… yo… teníamos hambre, mis hermanas, se están muriendo… —empezó a balbucear el acusado.

Matt lo miró detenidamente, era un chico bajito para su edad, de cabello rubio mal cortado y estaba sucio de tierra y sangre. La tierra debía de ser porque le habían tenido que llevar a rastras desde la comisaría, y la sangre….por unos golpes que Matt tubo que darle para que confesara. A pesar de que contaba con gente para ello, Matt disfrutaba causando dolor a los demás, así que siempre se reservaba unos cuantos golpes para él.

— No es excusa para robar… y menos a mí — recalcó esas últimas palabras y el chico se meó encima, Matt sonrió con satisfacción, no esperaba menos — bien…Jon, Big T, cogedlo y llevarlo de nuevo a la celda, mañana le cortaréis la cabeza y la pondréis en una pica delante de la entrada del hotel para que nadie se atreva a robarme de nuevo.

Jon y Big T, dos chicos de catorce años altos, fornidos y vestidos completamente de negro flanquearon al chico, lo cogieron cada uno por un brazo, y se lo empezaron a llevar de la sala.

— ¡No! ¡No por favor! ¡No puedes!

— Y tapadle la boca, me está dando dolor de cabeza con tanto gritito….

Matt se levantó y fue directo a su habitación mientras Jon y Big T le daban fuertes golpes al preso para que dejara de gritar. Estaba cansado y le dolía la cabeza, como tantas veces últimamente.

Llegó a su habitación, su novia Katty aun no había llegado. Se preparó un vaso de whisky y le dio un largo trajo. Se sentó cerca de la ventana, era ya de noche y Matt adoraba ese momento del día. Tenían electricidad gracias a que, y al ser una ciudad pequeña, habían conseguido mantener activa la central eléctrica. A esas horas las calles estaban tranquilas por esa zona gracias a sus hombres. Bueno, no eran hombres exactamente, ya que todos los mayores de dieciocho habían muerto, pero le gustaba llamarlos así. Eran chicos y chicas de entre catorce y diecisiete años que se dedicaban a su seguridad y a hacer cumplir sus reglas.

En los otros barrios de la ciudad dominaba la ley marcial, por lo que los crímenes, robos y violaciones estaban a la orden del día. Matt lo sabía, e incluso él alentaba a los jóvenes a que lo hiciera, mandando a sus hombres a que se lo pasaran bien y controlando el suministro de drogas y alcohol. Era una forma de mantener entretenidos y, sobretodo, controlados a los chavales. Drogas, sexo y violencia.

Recordó cuando aún había adultos, a sus padres y a sus cinco hermanos. Su madre murió mucho antes de que llegara la lluvia que mató y sigue condenando a al humanidad. La recordaba con cariño  pesar de los años transcurridos. Recordaba sobretodo el día en el que cuando tenía unos seis años, su madre decidió que había poca luz en casa y encendió todos los interruptores y puso todas las velas que encontraron juntos para que hubiera más luz, pero parecía que para ella eso no era suficiente. Matt pensaba que sólo era un juego y sonreía al ver a su madre tan contenta. De repente, prendió fuego a las cortinas del salón y aun con la cerilla en la mano se giró hacia él.

— Cariño, ¿a que es precioso? Mira cuanta luz, parece que el sol esté cerca, ¿no notas el sol, Mattie?

Él sonrió unos segundos hasta que el humo entró por sus fosas nasales y empezó a asfixiarle. Su hermano mayor Josh bajó corriendo junto a Sarah, su hermana pequeña.

— ¿Pero que has hecho? — dijo sacando a Sarah de casa.

Luego fue a por ellos y desde el jardín contemplaron como su hogar se consumía en llamas. Cuando la policía y los bomberos llegaron se los llevaron a todos al hospital para comprobar que estaban bien. Su padre llegó una hora más tarde, y les dijo que no verían a su madre en un tiempo. Ese tiempo se convirtió en nunca. Su madre murió internada en un psiquiátrico a los pocos meses y jamás volvieron a verla. Se mudaron de barrio, a un lugar más humilde y dejaron que pasaran los años.

Hasta que llegó el día de la lluvia. Su padre y Josh murieron delante de él, explotándoles el corazón entre convulsiones, y manchándole de sangre su camiseta favorita con un gran T-Rex dibujado. Tenía diez años y desde ese momento sus hermanos mayores cuidaron de él y de Sarah. Ellos fueron los anteriores dueños de la cuidad. A diferencia de Josh, que era el listo de la familia, Ryan y Scott eran los matones del instituto. Fieros y crueles, eran líderes natos y a los pocos días siguientes a las muertes crearon su propio grupo de seguidores lleno de chicos conflictivos y violentos que les ayudaron a infundir miedo a los supervivientes y dominar así aquel lugar. Matt aprendió mucho de ellos, pero era también más astuto, frío y calculador. Los vio morir a los dos entre gritos de dolor y sangre, y cuando murió Scott, él cogió el relevo. Su hermana Sarah se parecía a Josh, y solían discutir a menudo. Era un año y medio más joven que él, y en una de esas peleas por un veredicto de culpabilidad en el que Matt le cortó las manos a una chica que había tropezado con él y le había manchado la camisa, le había dado tal bofetón a su hermana por contradecirle que la tiró al suelo. Sarah desapareció ese día. Se marchó del hotel y jamás había vuelto a verla. Hacía ya dos años de aquello, y a veces se preocupaba por ella, por si se encontraba bien… al fin y al cabo era la única familia que tenía, pero desde que cumplió los diecisiete solo pensaba en los meses que le quedaba de vida.

Su muerte estaba cada vez más cerca, llamando a su puerta, y él no podía permitirlo. Había escuchado rumores sobre una posible cura, que la tienen escondida en una cueva, o en un almacén, que si en algunos lugares la lluvia no había llegado y la gente vivía los años que le tocaban… no sabía si esas habladurías eran ciertas o invenciones de niños estúpidos con mucha imaginación, pero tenía que averiguarlo antes de que fuera demasiado tarde.

El sonido de la puerta abriéndose le sacó de sus pensamientos e hizo que le volviera dolor de cabeza. Katty acababa de entrar con descaro en la habitación y se tiró sobre la cama.

— Hey cariño, ¿quieres ver lo que me he hecho para ti? — dijo con picardía.

Matt se levantó y fue hacia ella. Katty se levantó, bajó el pantalón y dejó que viera su nuevo tatuaje de un caballo en una de sus nalgas.

— Vaya muñeca, ¿eso es una indirecta de que quieres que te monte?

La atrajo hacía él mientras reían y empezó a besarla con fuerza.

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