domingo, 8 de diciembre de 2013

El Último Juego de Niños, Capítulo 8


Jenna Malone es Lilith
Jenna Malone es Lilith
Lilith se miró en el espejo de su pequeña habitación mientras se ponía su viejo crucifijo de plata apartándose su cabello castaño de la nuca. Aquel era su amuleto, su suerte. Lo acarició con cariño recordando el día en que se lo habían regalado. Su padre, el pastor de la parroquia cristiana de un pequeño pueblo del sur se lo dio en su sexto cumpleaños, en un día cálido de verano, y desde entonces no se lo quitaba salvo para limpiarlo.
Vivía junto a Bob y sus niños perdidos en un almacén abandonado en las afueras de la ciudad que el diabólico Matt dominaba. Allí habían creado pequeños cubículos con estanterías y todos gozaban de algo de intimidad. Al fondo del almacén, había una pequeña capilla con bancos blancos de los parques más cercanos, un altar viejo y un gran crucifijo que habían conseguido salvar de la iglesia de la ciudad antes que un gran incendio la quemara hasta los cimientos. Eso fue obra de uno de los hermanos de Matt, tan malvado como él, que había cometido un grave sacrilegio. Los tres hermanos habían sido hijos del demonio. Dos estaban muertos, pero quedaba uno de ellos, el actual dueño de la ciudad. Lilith pensaba que tan sólo su presencia era un insulto a Dios.
Lilith suspiró y salió de su habitación para hablar con Bob sobre el golpe que darían en uno de los almacenes que Matt poseía en su ciudad, cuando vio a dos de sus chicos sentados en los últimos bancos de la capilla. «Están rezando, buscando el buen camino de nuestro señor», Lilith sonrió y se acercó a los dos niños cuando vio que estaban cogidos de la mano y acercaban sus bocas para acabar besándose.
—Pecadores….sucios pecadores…. —Lilith se colocó delante de ellos, entre los bancos, y los separó.
—Li…Lilith…nosotros no…—empezó a balbucear el chico, que no tendría más de nueve años, era bajo y delgado, de pelo castaño y ojos azules.
—No utilices tu sucia boca para decir mentiras —sus ojos estaban enloquecidos —sois unos pecadores, lo que habéis hecho…por eso nuestro salvador nos castigó, por conductas como esa
—Pero Lilith, nosotros sólo… —la chica, de la misma edad del chico, rubita y de grandes ojos castaños calló ante la mirada severa de Lilith.
—No digas más Emma, tu y Ryan habéis pecado y debéis pagar por ello. —su voz era calmada pero firme.
Vio que Ryan intentaba decir algo pero decidió desistir. Los dos niños se pusieron a gatas, Lilith cogió una pesada Biblia y les pegó con ella en las nalgas. Los niños empezaron a llorar pero contuvieron los gritos de dolor.
—Esto me duele más a mí que a vosotros, creedme, sois mis niños, mis ángeles, y no quiero haceros daños, pero debo velar por vosotros, evitar que caigáis en la tentación y vayáis al infierno.
Les pegó una docena de veces, cuando acabó, dejó la Biblia y a los dos niños en el mismo sitio donde les había encontrado y se fue a hablar con Bob.
Lo encontró en su habitación, sentado sobre la cama leyendo Peter Pan, su libro favorito, y por el cual les llamaban ‘niños perdidos’ a todos los que acogían. Lilith se quedó apoyada contra la puerta.
—Bob, debemos hablar con los chicos, se están desviando del camino del señor…
—Lilith —Bob dejó su libro en la cama y la miró —hay temas más apremiantes que hablar con unos chiquillos de….
—He encontrado a Emma y Ryan besándose en la capilla, en suelo sagrado…un poco más y acaban fornicando encima del altar….
—Venga no exageres —Bob le sonrió y Lilith se sonrojó —tenemos que hablar del ataque al almacén de Matt, eso lo podemos dejar para otro día, ¿no crees?
Lilith miró a Bob, estaba nerviosa, él la ponía nerviosa. Tenía pensamientos impuros con él, y sentimientos que debía controlar para no caer en la tentación de la carne. Se mordió el labio y asintió.
—Si, si, tienes razón… —sonrió —debemos pensar en como entrar en el almacén, saquearlo y quemarlo, como hicieron con la iglesia.
Bob la miró, se levantó de la cama y se acercó a ella.
—Esa es mi chica —le acarició el rostro y sintió un nudo en el estómago.
Se apartó de él y tropezó contra la puerta.
—Pues eso, debemos ir y saquearlo, prepara a los chicos, lo haremos esta noche. Que estén todos listos a las ocho en la entrada.
Salió de la habitación y se dirigió a la iglesia. Debía rezar y purificar su alma antes de partir.
Cuando llegó la hora, Lilith ya estaba preparada ante la puerta. Se había puesto unos cómodos pantalones anchos negros y una larga chaqueta color verde militar; oculta en ella llevaba una pistolera con dos armas. Del cuello le asomaba su brillante crucifijo, que le daría el valor suficiente para enfrentarse a uno de los secuaces de Satanás. Vio acercarse a Bob y a sus niños perdidos, un grupo de cinco, de entre diez y quince años, elegidos por su edad y obediencia hacia el señor. Lilith sonrió orgullosa.
—Bien, vamos al almacén de Matt y cogemos todo lo que podamos, después, le prendemos fuego. —sonrió con satisfacción.
—¿Cómo pretendes entrar allí? Estará vigilado seguro. —dijo un niño alto y delgado mientras se ponía al lado de Bob.
—Pues con esto pretendo entrar Rob, con esto y con la ayuda de Dios. —Sacó una pistola de entre la chaqueta y la mostró a todos.
Bob sonrió, y eso hizo que volviera a sentir ese nudo en el estómago. Los demás niños miraron con asombro.
—Bien, vamos a ello.
Se dirigieron hacia uno de los almacenes que Matt poseía en las afueras de la ciudad. Dos de los niños más mayores llevaban bidones de gasolina; los demás, armas de fuego. Estaban dispuestos a matar si era necesario, eran soldados de Dios, y él los guiaría en esta misión. Al estar cerca del almacén, que no era más que un estadio de baloncesto pequeño, se escondieron detrás de unas casetas donde antiguamente habrían estado las taquillas para comprar las entradas de los partidos.
Desde allí pudieron ver dos de los chicos de Matt apostados a cada lado de la puerta del edificio, pero no parecía haber más vigilancia.
Dane Dehaan es Bob
Dane Dehaan es Bob
—¿Crees que habrán más dentro? —Bob se puso a su lado.
—Es una posibilidad, pero es un riesgo de debemos correr. —le miró a los ojos, después se dirigió al resto del grupo. —niños, aquí empieza nuestra misión. Julia y Greg, vosotros dos id por la derecha; Tadeus y Helga, por la izquierda. Bob, te quiero aquí de vigía. Os acercaréis a cada lado mientras yo les distraigo, y les disparáis. Dejaremos los bidones aquí, así tendremos más movilidad. Luego vendremos a por ellos. ¿Entendido?
—Entendido. —Dijeron los cinco a la vez.
—Que Dios todopoderoso sea bondadoso y los impíos ardan en el infierno. Amén. —Dio un beso a su cruz, su amada y plateada cruz.
—Amén. —Contestaron al unísono y se pusieron en sus puestos.
Lilith empezó a dirigirse, con paso seguro hacia los que custodiaban el lugar.
—¡Eh, tu! ¡Largo de aquí si no quieres que te meta un tiro en esa cabeza! —dijo uno de ellos con rudeza.
—Sólo vengo a hablar con vosotros. —Lilith puso las manos en alto para que vieran, falsamente, que no estaba armada.
—Venga, puta, lárgate de aquí, es mi último aviso. —El chico dio un paso hacia delante y la apunto con la pistola.
—Espera Freddie, podemos divertirnos con ella un rato. —Dijo su compañero poniendo una mano su brazo para que bajara el arma.
—Bueno….Sí, podríamos pasarlo bien, hace tiempo que no hecho un buen polvo. —Los dos empezaron a reír y bajaron la guardia.
Lilith sonrió y con un movimiento rápido sacó una de sus pistolas y disparó al que llamaban Freddie. A su compañero no le dio tiempo de apuntarla cuando Tadeus le metió una bala en la cabeza.
Lilith les hizo un gesto a sus niños para que entraran y enfundó de nuevo su arma. Abrieron la puerta y entraron al almacén. Era un lugar amplio y estaba completamente a oscuras salvo por la luz de la luna que entraba por las grandes ventanas.
—Vamos, debemos de darnos…
—Prisa. —contestó otra voz y se encendió la luz del lugar.
El que había hablado era otro de los hombres de Matt, Jon, que la miraba desafiante. A su lado, unos veinte chicos los apuntaba.
—Vaya, vaya, vaya… ¿a quién tenemos aquí? La beata y su rebaño. Para creer tanto en Dios no tienes mucho reparo en matar a gente ¿No es uno de los  mandamientos? Algo así como no matarás…. —Sus acompañantes se rieron.
—No me das miedo Jon, tengo a Dios de mi parte. Y respecto a eso, si es necesario matar a cucarachas como vosotros en el nombre de nuestro señor, así se hará.
—Que lengua más sucia que tienes, tendríamos que hacer que te la laven bien antes de hablar. —Jon dio un paso adelante riendo y Lilith sacó su arma. —Vamos pequeña, vosotros sólo sois cinco, mejor dejar esos juguetes y entregaos pacíficamente. Así nadie saldrá herido. Bueno, a parte de mis colegas de la entrada, claro.
Lilith le apuntó con su arma, temblorosa. Jon hizo una pequeña carcajada.
—Deja eso o lo lamentaréis.
—Nada da más miedo que la ira de Dios. —Lilith disparó, pero Jon fue más rápidos y se apartó.
Sus niños abrieron fuego también, pero por poco tiempo. Greg y Helga murieron en cuestión de segundos, y los demás quedaron heridos. Lilith tenía una bala en el hombro, pero miró satisfecha y dos de sus enemigos habían caído también. «Dos pecadores menos, dos siervos del demonio que ya arden en el infierno.»
Jon la cogió por ese hombro y Lilith gimió de dolor.
—Me gusta oírte gemir. Puede que luego disfrute de ese sonido mientras te la meto.
Cogieron también a Julia y a Tadeus, y los sacaron del almacén. Lilith intentó no mostrar de nuevo el dolor que estaba sintiendo en ese momento. Miró hacia donde estaba Bob, y lo vio asomarse por la pared con una pistola. Lilith negó con la cabeza, no quería que lo mataran, y Bob asintió y se marchó. Él estaba a salvo, al igual que el resto de sus niños perdidos. Ellos podrían terminar su obra, la obra de Dios. Sonrió.
—¿De que te ríes, puta? Ahora lo pagaréis, y tendréis que responder ante Matt. Y no creo que ni tu Dios de pacotilla pueda salvarte de ésta.
... Capítulo 9 ...

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