miércoles, 12 de marzo de 2014

Largo Camino A Casa

No sabía lo que me iba a encontrar al volver de mis vacaciones. Ni en mis sueños más perturbados ni en mis pesadillas más espeluznantes podía imaginar algo así. Pero había ocurrido.

Estuve dos semanas fuera de Maine, en una cabaña alejada de todo, en medio del bosque. Necesitaba relax, tranquilidad. Acababa de divorciarme y me habían despedido, así que entré en una depresión que difícilmente iba a salir sin hacer nada al respecto. Todo me recordaba las desgracias ocurridas y quería desconectar.

El tiempo que estuve en la cabaña fue maravilloso. Había almacenado comida y agua de sobras, así que no tuve que preocuparme por salir a comprar. Me llevé unos cuantos libros y la cámara fotográfica, no necesitaba nada más, sólo la naturaleza y algo de paz. Pero debía volver a casa, mis padres estaría preocupados por mi y era lo último que quería.

Cogí el coche y fui por carreteras secundarias a la ciudad. No me encontré con nadie por el camino, pero no lo era algo extraño, ese lugar estaba demasiado apartado.

Cuando iba llegando a la metrópolis en donde vivía desde hacía más de diez años, me encontré coches y motos abandonados por todas partes. Parecía que sus ocupantes habían salido a toda prisa, dejando las puertas abiertas y sus pertenencias en el interior. Es allí donde me empecé a dar cuenta de que algo extraño pasaba.

Quité el CD que tenía puesto y puse la radio. Nada. Fui cambiando de emisoras hasta encontrar con alguna que aun emitía alguna cosa. Y lo que dijo me dejó los pelos de punta.

—¡No se acerquen a las grandes ciudades! ¡Repito, no se acerquen a las grandes ciudades!  El peligro allí es mayor, os recomendamos que os escondáis, en un sitio cerrado y seguro, ¡y no dejéis entrar a nadie! Si alguien nos escucha, estamos atrapados en la emisora, en el edificio Atlantis, en Rhode Island. Las cosas están cada vez peor, ellos son más y están ganando… —La señal se cortó.

—¡¿Ganando que?! ¡Joder! —dije nerviosa dando golpes contra el volante por la impotencia. ¿Acaso habíamos entrado en guerra?
De repente, algo a la derecha me llamó la atención. Era una persona aturdida y herida. Caminaba sin rumbo cerca del asfalto con los pies desnudos. Iba a parar el auto cuando se giró y vi bien su rostro. Le faltaba media cara y se le podía ver todo el cráneo y los tendones. Me miró y emitió un extraño gruñido. Se acercó rápidamente hacia mí, caminando con dificultad. Sin pensármelo dos veces pisé el acelerador a fondo. Miré a la carretera, pero ya era tarde. ¡Pum! Choqué contra un coche parado que había delante de mí.

Salí del vehículo lo más rápido que pude mientras aquella cosa se acercaba cada vez más a mí. Me había hecho una fea herida en la frente y estaba un poco mareada, pero corrí lo más rápido que pude hacia la ciudad.

Debo reconocer que no fue una buena idea. A pesar de lo que había escuchado en la radio, y de más de esas cosas que aparecieron de entre los coches y que se iban aproximando, mi primer impulso fue ir a casa. Pensé que allí estaría a salvo.

Mi hogar estaba en el centro y no sabía si podría llegar. Ya en la ciudad, pude comprobar que todo era un caos. Parecía como si alguien hubiera abierto la caja de Pandora y soltado todos los males del mundo. Coches tirados en medio de las calles, cristales rotos, pequeños incendios… Pero lo más perturbador era la gente. Corrían sin rumbo fijo, huyendo desesperadamente de algo. Y también estaban esas cosas. Eran cómo la persona que había visto en la carretera, gente mutilada, que deberían estar muertas, devorando a cualquier inocente que se cruzara en su camino.

Se escuchaban disparos y sirenas en todo momento y el ambiente estaba cargado de pólvora, humo y muerte. Varios soldados y policías iban de un lado a otro. Observé todo con cautela, esquivando a algunos muertos que se aproximaban hacia mí. Vi a varios de ellos engullir con avidez a un chico joven que estaba tirado en el suelo. Le estaban arrancando las tripas entre gritos de dolor. Eso me dio ganas de vomitar. Había gente refugiándose en comercios y portales, pero estaban colapsados, y echaban a los que habían llegado tarde. Esas cosas se aproximaban a ellos y atacaban a los que intentaban entrar. Era como ver el infierno en la tierra.

Unas cuantas de esas cosas casi me atrapan, pero fui más rápida. Al poco de seguir corriendo me encontraba agotada, así que tuve que bajar la velocidad. Miré a los lados, debía haber algún sitio donde poder descansar unos minutos. A mi derecha, descubrí un portal abierto apartado en un callejón. Delante había una de esas cosas, pero podría hacer un último esfuerzo para esquivarla con facilidad.

Fui directamente hacia allí, entré y cerré la puerta. Dentro se escuchaban gritos y alaridos de terror. Delante había la garita del portero y me metí dentro a toda prisa. Estaba manchada de sangre y vísceras. Me escondí debajo de la mesa donde hacia poco la persona que se encargaba de la portería recibía a las visitas.

Me senté en el suelo, apoyada en la pared, exhausta y asustada por todo lo que acababa de presenciar. Estuve mucho tiempo sin moverme de aquella posición, ¿horas, quizá?, intentando asimilar todo lo que había visto, descansando para volver a ponerme en marcha y poder así llegar a casa. Debía llamar a mis padres, ¿estarían bien? A mi ex marido, tal vez… todo se estaba desmoronando. Vi un trozo de periódico manchado de escarlata y roto en el suelo, lo último que había leído el portero.

“Maine, 25/2/2014
¡Alerta Roja!
La situación se ha  descontrolado.
Los ataques a personas que estos últimos días han ocurrido a lo largo del país se han convertido oficialmente en un problema mundial. Las autoridades sanitarias recomiendan quedarse en casa y racionar los recursos hasta que el ejército se haga cargo de la situación. A las ocho de esta tarde, el Presidente y su gabinete de seguridad darán unas indicaciones para que toda la población pueda… “

Ya no se podía leer nada más. El veinticinco de febrero, eso fue ayer. Mencionaban al Presidente… joder, el mismísimo Presidente del país había hablado a la nación. Todo parecía sacado de una mala película de terror, de esas que las televisiones emiten sin parar cuando no tienen ninguna otra cosa que dar. Pero por desgracia, era la cruda realidad.

Me levanté lentamente. No había nadie, era el momento de ir a casa. Aun me quedaba un buen trozo, unos diez minutos de camino desde donde me encontraba hasta mi hogar. E iba a resultar una auténtica aventura con ese apocalipsis en las calles. Respiré hondo y salí a toda prisa de mi pequeño escondite.

Salí de la portería y al llegar a la calle vi a un grupo de tres de esas cosas cerca, parecía que estuvieran esperándome. Me miraron con sus ojos vacíos, muertos y empezaron a acercarse a mí. Emprendí el camino a mi casa a buen ritmo, intentando no forzarme demasiado para no tener que pararme otra vez por el camino.

En las calles todo seguía igual. La gente corría…. gritaban… sangraba… Algunos disparaban sin fijarse mucho en el objetivo, intentando acabar con los muertos que caminaban hacia ellos sedientos de carne. En medio de la confusión, a un hombre que intentaba escapar de una horda le dieron sin querer en el pecho. Esas cosas se abalanzaron sobre él y empezaron a comérselo.

Había grandes grupos devorando a sus víctimas.  Algunas calles estaban colapsadas, así que intenté ir por los laterales, por los lugres menos transitados para evitar problemas. Los chillidos y alaridos resonaban sin parar en mi cabeza y un olor nauseabundo lo impregnaba todo e inundaba mis las fosas nasales. Miré hacia un edificio, una chica joven hacia señas en la ventada. De pronto, se estampó contra el cristal y ya sólo pude ver sangre. Aparté la vista rápidamente y seguí mi camino.

Ya estaba cerca de casa, sólo me quedaba una calle. Caí al suelo, agotada y nerviosa. No podía más. Me dolía el costado, las piernas, todo. Tenía agujetas y me costaba respirar. Debía aguantar un poco más, unos metros y estaría en mi hogar. Me apoyé en la pared para ayudarme a caminar. Un niño con el brazo destrozado me vio y fue directo hacia mí. Seguí adelante y pude al fin ver mi casa, sólo tenía que cruzar la calle y estaría en ella. Oí un extraño y débil gemido a mi lado. Me giré y una de esas cosas, con la cara totalmente desgarrada, me mordió en el brazo.

Lo aparté con fuerza y el muerto cayó al suelo con torpeza. Apoyé la mano donde me había herido, sangraba sin parar. Otra de esas cosas intentó cogerme y me arañó en la cara. Corrí hacia mi casa, abrí con violencia la verja y crucé el pequeño jardín. Metí la mano en mi bolsillo buscando desesperadamente la llave. Estaban muy cerca. Podía oírlos. Podía olerlos. Cuando los tenía ya a pocos centímetros conseguí abrir la puerta y la cerré rápidamente detrás de mí.

Ya estaba a salvo, necesitaría unos puntos por el mordisco, pero había conseguido llegar. Pisé las cartas, revistas y periódicos que el cartero había dejado en la ranura del correo. Fui al baño del piso de arriba. Me limpié las heridas y las cubrí con cuidado. Debía ir a un hospital, aunque no sabía en qué estado se encontraban. Intenté llamar por teléfono, pero no había línea.

Bajé lentamente las escaleras, estaba un poco mareada. Cogí el correo. Había facturas, varias revistas y periódicos. Me senté en el sofá y empecé a mirarlos, todos hablaban de lo mismo. Gracias a la información que había en ellos, descubrí que todo empezó con un altercado en un hospital de las afueras. Después, esas cosas se fueron acercando a las ciudades.  No se sabía que era, ni donde había empezado. ¿Un nuevo virus? ¿Un arma química? Solo que era letal y difícil de controlar. Sólo que se comportaba como una infección: la gente se contagiaba, moría y se transformaba en un devorador de carne humana. Sólo hacia falta un mordisco o arañazo y… Mordisco o arañazo… esas palabras se repitieron una y otra vez en mi cabeza. El periódico se me cayó de las manos y miré a la nada. Estaba condenada. Escuché de fondo el ruido de los cristales al romperse. Supongo que era fácil para esas cosas destrozarlos y entrar ya que estaban muertos y no sentirían dolor al cortarse. 

Sabía que estaba muerta, que mi destino estaba escrito pero… ¿quería que me devoraran mientras aún era consciente? Eso no.

Me levanté rápidamente y casi me caigo del mareo. Subí las escaleras como pude y vi a los primeros no muertos que habían conseguido entrar en mi casa. Llegué a mi habitación y me encerré en ella. Puse la cómoda contra la puerta para ganar tiempo. No se muy bien de donde saqué las fuerzas, pero no podía permitir que me comieran viva. Me senté en la cama y me miré el brazo. Tenían muy mal aspecto. Me toqué el arañazo de la cara y una punzada de dolor me recorrió el cuerpo. Cada vez me encontraba peor, tenía fiebre, me costaba respirar y era incapaz de mantener los ojos abiertos. Me quedaba poco tiempo, lo sabía. Fuertes crujidos de pasos en la escalera resonaron en mi cabeza como puñales. Esas cosas estaban ya cerca, pero no podía hacer nada para evitarlo. La puerta empezó a quebrarse y brazos putrefactos asomaron por las grietas que habían creado.

 Cerré los ojos. Desfallecí.


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