miércoles, 2 de abril de 2014

El Juego de La Muerte

Marie volaba por el cielo azul. Los pájaros eran su única compañía y piolaban a su lado, hablando entre ellos. La cálida brisa le acariciaba la espalda y le despeinaba su cabello dorado mientras la luz del sol le obligaba a entrecerrar sus ojos marrones. Allí arriba era feliz y sentía una libertad que jamás había experimentado en tierra firme.
Pero algo tiró de ella de repente, cada vez más fuerte. El cielo se tornó negro y empezó a caer en picado. Ya no escuchaba a los pájaros, todo estaba en silencio.
Chocó sobre el duro suelo, y al mirar a su alrededor vio que se encontraba en su pueblo, pero éste estaba en llamas. La gente gritaba y corría sin rumbo fijo. Vio a Robert, el sádico carnicero y verdugo, abrazando el cadáver putrefacto de su mujer. Cerró los ojos y se tapó los oídos para no tener que escuchar los horribles alaridos. «Esto no es real, es sólo un sueño, no es real…» Repetía una y otra vez en la cabeza.
—No tengas miedo, niña. —La voz que le hablaba era grave, pero suave. Sintió como unas manos frías como el hielo se posaban sobre las suyas y las apartaba de sus orejas—. Nada puede dañarte aquí.
Marie abrió lentamente los ojos y gritó al ver lo que tenía delante. Las manos que la habían tocado se volvieron cenizas y sólo quedaron los huesos. Ese ser era un esqueleto. Cogió una gran guadaña y Marie dio un paso atrás.
—Tranquila, esto no es para ti. —Ladeó el cráneo.
—¿Qué quiere de mí? —preguntó Marie aterrada.
—Sólo mostrarte lo que va a ocurrir. El mundo está lleno de pecadores, de salvajes. Y yo, querida niña, soy La Muerte, y he venido a acabar con todo ser viviente.
—Pero, no lo entiendo… ¿Por qué…? —Marie puso sus manos sobre su boca, horrorizada.
—Porque se lo merecen —le cortó La Muerte. Se acercó a ella lentamente y puso uno de sus largas falanges bajo su mandíbula—.Y pronto lo comprobarás… —dijo en un susurro.
Marie se despertó empapada en sudor y con los ojos llenos de lágrimas. Tenía el pelo pegado al rostro, y la paja del colchón estaba totalmente húmeda por el agua salada que su pequeño cuerpo había emanado durante la noche. Su respiración era agitada y el corazón le bombeaba con fuerza. Jamás en sus catorce años de vida había experimentado nada igual.
Miró a su alrededor. La vela que había iluminado el pequeño cuarto estaba totalmente consumida y la luz del sol entraba sutilmente por la ventana. Se levantó, se puso lo que tenía más cerca, un vestido de lana azul y unas sandalias de cuero, y fue corriendo la habitación de sus padres.
Abrió la puerta con un golpe seco y vio como su madre se sobresaltaba. Su padre no estaba ya que solía levantarse muy temprano para trabajar en el campo.
—¿Pero qué...? —dijo su madre frotándose los ojos.
—¡Madre! ¡Madre! ¡Algo horrible va a ocurrir! ¡Debemos avisarles!
—Tranquilízate, niña. —Su madre se incorporó de la cama y la miró asqueada—. Has tenido una pesadilla, nada más.
—No, madre. ¡Era real! ¡Hay que avisarles!
—¿Qué era real? ¿A quién quieres avisar? —preguntó su madre. Se había levantado y la miraba con ojos cansados.
—¡Al pueblo! ¡Al mundo! ¡Vamos a morir! —Marie empezó a llorar con fuerza.
—¿Y de donde sacas tú eso? —inquirió su madre con incredulidad.
—Lo he visto. En mis sueños.
—Sueños dice. Marie, los sueños no son nada. No significan nada. Y como vayas por allí diciendo esas sandeces pensarán que estás loca.
Marie suspiró. «¿Cómo no voy a ayudar a mi gente? No puedo dejar que les pase nada malo».
—No puedo quedarme en casa viendo como todo muere a mí alrededor —añadió mientras se acercaba a la puerta.
—Espera Marie, no puedes ir a decir tonterías a la gente, no…
Su madre se levantó de la cama y se aproximó a su hija. Intentó alcanzarla pero tropezó contra su orinal y cayó al suelo entre maldiciones.
Marie salió de su modesta casa de madera y piedra con paso decisivo en dirección al centro del pueblo.
Stoneville era una pequeña villa situada al norte de Inglaterra. Bordeada por un gran bosque, en el punto más céntrico estaba edificada la vieja iglesia. A su alrededor se encontraban las paradas que los aldeanos montaban con lonas de tela y madera para exponer sus productos a los futuros compradores. Las viviendas se encontraban en las afueras, donde los habitantes tenían sus cultivos y animales de granja. Marie tardó poco más de diez minutos en llegar, y se detuvo en medio de todo algo nerviosa.
—¡Escuchadme todos! —Los tenderos y sus clientes se aceraron a ella con curiosidad. Hizo una pequeña pausa y prosiguió intentado mostrar seguridad—. Stoneville y el mundo entero se encuentra en grave peligro. Algo horrible va a ocurrir y acabará con la vida de todos.
Un grupo de vente personas se encontraba a su alrededor y murmuraban. La puerta de la iglesia se abrió de golpe y Jarin, el párroco del pueblo, salió y se acercó a la multitud.
—¿Qué es éste escándalo? —preguntó el padre Jarin apartando a las personas congregadas alrededor de Marie.
—La hija de Bryce, que se ha vuelto loca —contestó Dain, el herrero.
—No estoy loca, señores. Lo he visto. —Marie estaba indignada, «No me escuchan, ¿acaso piensan que me inventaría algo así?».
—¿Y qué has visto, hija? —el padre Jarin se acercó a ella. Era un hombre bajo y delgado, con rostro severo y voz melosa.
—La Muerte. Me ha hablado en sueños y dice que estamos condenados.
—Entiendo… —El párroco miró a los habitantes de Stoneville que se encontraban allí—. Ésta joven sólo está confundida.
—No estoy confundida, ni loca. ¿Es que no quieren escucharme? ¡Estamos en peligro!
—¿Pero quién querría hacernos daño, hija mía? —dijo el padre Jarin sarcásticamente.
—Ya os lo he dicho. La Muerte. —contestó desafiante Marie. «Tienen que creerme. Deben creerme».
El párroco la miró con ira, se notaba que no estaba acostumbrado a que le hablaran de esa forma.
—Había escuchado habladurías de éste tipo de cosas. Personas que se comportan de forma extraña, mujeres que dicen hablar con seres malignos... Pero jamás pensé que pasaría en nuestro querido pueblo. Habitantes de Stoneville, ésta joven ha sido corrompida por el demonio.
La gente de su alrededor empezó a hablar entre ellos. Marie estaba atónita. «¿Cómo pueden pensar eso?». Unos fuertes brazos la cogieron de repente por la espalda y Marie emitió un grito de sorpresa.
—¡Cierra la boca, puta de Satán! —Robert, al que había visto sufriendo en su pesadilla, la tenía sujeta. Marie intentó sin éxito soltarse de él.
—¡Ésta joven a sido seducida por el mismísimo Lucifer! El diablo le ha hablado y ahora es su sierva. Quiere asustarnos con sus mentiras y engañarnos para que vayamos por el sendero del mal. Pero no te saldrás con la tuya —dijo el padre Jarin con convicción y la apuntó con un dedo acusador—. ¡Bruja!
 Marie comprobó horrorizada como el resto del pueblo, sus vecinos y amigos, creían a Jarin sin dudar.
—¡No! ¡No soy ninguna bruja! ¡Escuchadme! ¿Es que nadie quiere escu…? —Alguien le alcanzó en la cabeza con una piedra y no pudo continuar.
—¡Bruja! ¡Bruja! ¡Bruja! —Todo el mundo congregado en ese lugar empezó a decir aquella palabra una y otra vez.
Marie negaba esa acusación sin cesar entre lágrimas.
—¡Llevadla a los calabozos! —dijo el párroco y Robert la arrastró a la fuerza hacia la iglesia.
—¡No por, favor! ¡No! —Marie estaba desesperada.
El carnicero la llevó a las mazmorras situadas bajo la iglesia. La lanzó contra una celda y la encadenó en la pared.
—Ahora vendremos a verte, bruja asquerosa. —Robert le escupió encima y se alejó cerrando la puerta de barrotes de hierro tras él.
Marie estaba sola en aquél lugar. El suelo estaba cubierto de paja sucia y la estancia olía a moho, humedad y orina. «¿Pero qué está ocurriendo? ¿Qué quieren hacerme? Dios misericordioso, ayúdame». Marie no entendía nada y estaba cada vez más asustada. «No, no serán capaces de hacerme nada… es mi gente, mis amigos y vecinos. Sólo tengo que convencerles», intentó convencerse a si misma.
Unos minutos después abrieron la puerta y el padre Jarin, Robert y Dain entraron, la soltaron de las cadenas y la sacaron de la celda, todo en absoluto silencio. La esposaron a unos grilletes que había en la pared y le arrancaron el vestido. Marie empezó a temblar y sollozar.
—Escuchadme, tenéis que escuchadme. Estamos en peligro y…
—¡Silencio! —La voz del padre Jarin se le clavó en el corazón como mil cuchillos—. Bien, empecemos ¿desde cuándo adoras a Satanás?
—Yo… yo nunca… soy fiel a la iglesia desde pequeña…
Hubo un pequeño silencio.
—Dain.
Marie sintió un fuerte golpe en la espalda. Hizo un grito desgarrador al notar las púas del látigo arrancándole trozos de piel. El segundo la dejó mareada. Sentía la sangre recorriendo su espalda.
—¿Desde cuándo adoras a Satanás? —el padre Jarin hizo la misma pregunta, una y otra vez—. Dinos, Marie, ¿desde cuándo adoras a Satanás?
Ella lo negaba. Y con cada negación le propinaban otro latigazo. Perdió el conocimiento un par de veces. Después de lo que a Marie le parecieron cientos de horas, los golpes y las preguntas cesaron.
—Nadie puede aguantar tanto tiempo mintiendo —dijo el hombre de fe con asombro—. Sólo hay una explicación para ello: está poseída. —Dain y Robert murmuraron asentimientos.
—No… por favor… —dijo Marie débilmente.
—¡Calla, mujer! —Robert la golpeó con fuerza en la cara.
—La ley prohíbe ejecutar a una doncella… Robert, tú eres el verdugo del pueblo. Ya sabes lo que tienes que hacer. Vamos, Dain.
—Sí, señor…
Marie escuchó las pisadas de dos personas alejándose. Robert la desencadenó y la tiró al suelo.
—Sucia bruja, vas a tener tu merecido.
Robert se puso sobre ella y la violó con fiereza. Marie notaba como su pequeño cuerpo, su inocencia, se rompía en mil pedazos y se quedó quieta viendo como Robert destrozaba su pureza.
Cuando acabó, volvió a escupirle y la metió en la celda. Marie se quedó en el suelo totalmente desnuda, sangrando y temblando hasta que se hizo de día. Esa noche no tuvo pesadillas.
En cuanto salió el sol, los tres mismo que la habían torturado el día anterior entraron, le pusieron un vestido blanco ancho de lana basta que le escocía sobre la desgarrada piel y la llevaron a la parte de arriba de la iglesia entre gritos e insultos.
Abrieron las puertas y una muchedumbre empezó a tirarle fruta podrida. Habían preparado una gran pira delante de la iglesia. Marie caminaba con la cabeza baja, sintiendo todo el desprecio de sus vecinos.
La llevaron a lo alto de la pira y Robert la ató fuertemente con una cuerda en la estaca de madera que había en el centro. Llevaba puesta una capucha negra que le daba un aspecto aterrador.
Ante ella, vio a su familia entre los asistentes a su muerte. Su madre lloraba sin cesar abrazada a su padre que la miraba con tristeza.
—Hora de arder, bruja. —Robert bajó y se puso al lado del padre Jarin.
—Se acusa a Marie, hija de Bryce, de brujería. Se le ha sometido a un interrogatorio y hemos podido comprobar que ésta joven está poseída. —La multitud vitoreó, Marie no podía ni siquiera mirarles a la cara—. Se le condena a la hoguera. El fuego purifica el alma, roguemos a Dios que se apiade de ella.
Robert cogió una antorcha, la encendió y la tiró a los pies de la pira.
Marie vio como las llamas se le acercaban. Empezó a llorar, asustada.
—No, por favor… no podéis… —murmuró viendo como el fuego se le acercaba cada vez más. «¿Cómo pueden hacerme esto? Me conocen desde que era pequeña».
Las llamas estaban cada vez más altas y Marie empezó a notar cómo el calor le acariciaba las piernas. Cerró los ojos, esperando a que el fuego la consumiera para siempre.
Primero hubo un grito, después, cientos. Marie levantó la vista para ver qué estaba ocurriendo. Todo el pueblo era un caos de sangre y muerte. Vio a Robert abrazado al cadáver de su mujer, como en su sueño. De repente, se echó hacia atrás y cómo si algo tirada de él, una cascada macabra de intestinos, sangre y vísceras empezó a salir por su boca. Dain estaba siendo devorado por tres grandes perros negros. El resto de sus vecinos eran torturados y masacrados por mil manos invisibles. Marie notaba el calor abrasador de las llamas en su piel.
La Muerte se encontraba ante ella, con su inseparable guadaña. Subió la pira fácilmente y rompió la cuerda que la sujetaba a la estaca principal.
—Te lo dije, niña. Te dije que lo descubrirías.
La ayudó a bajar de la pira y se apartó de ella. El frío barro le calmó el dolor de sus pies abrasados.
Marie contempló en silencio como La Muerte se acercaba al padre Jarin con paso decisivo. Éste no paraba de suplicar clemencia arrinconado contra la pared de la iglesia. Le decía que él era un hombre de Dios y que no podía ni debía hacerle daño. La Muerte emitió una gran carcajada y le partió en dos con su guadaña.
Marie se dio la vuelta y miró a su alrededor. Vio el cadáver de Robert, cubierto por sus propios órganos, tirado en el suelo. También el de Dain, al que le faltaba casi toda la carne del cuerpo. Sus padres yacían en el suelo llenos de sangre. Marie se agachó y les abrazó entre llantos. Se quedó unos minutos ante ellos, dejando que las lágrimas inundaran sus ojos.
Levantó la vista y vio lo que antaño había sido Stoneville y ahora sólo era un pueblo de cadáveres, dolor y muerte. Tenía el vestido blanco manchado de barro y sangre. Ella había querido ayudarles, advertirles de lo que iba a ocurrir, y se lo pagaron torturándola, violándola y condenándola a la hoguera.
—¿Por… por qué…? —Marie cayó de rodillas y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Porque, querida niña, esto es un juego. Y tú, tú eras un peón necesario en nuestras manos. Te necesitábamos para demostrar la maldad humana. Si quedaba demostrada, si tu pueblo arremetía contra ti, el Diablo vencía y yo me ocupaba de todos. Y si Dios era el ganador… bueno, tendríais unos cuantos años más de vida. Pero yo sabía que no iba a ser así. Sabía que tú irías a avisar a tu pueblo, y que ellos te harían daño. He observado demasiado bien al ser humano para ver que es cruel por naturaleza. —Acercó su calavera a la cara de Marie—. Pero tranquila niña, a ti no te pasará nada… —dijo La Muerte y rió mientras se alejaba.
Marie se quedó sentada en el suelo, en silencio, frente a los cadáveres de su familia. Podía escuchar los gritos y gemidos de dolor de todos los habitantes del pueblo que aún quedan con vida. El ambiente estaba cargado de un olor dulzón que lo llenaba todo. Ella tenía razón, si le hubieran escuchado, si no se hubieran entregado tanta a su fe ciega.
Su sueño se estaba cumpliendo. Ahora, La Muerte acabaría con todo y ella estaría condenada a vagar en un mundo de tinieblas por culpa de un juego enfermizo.

Viviría por siempre dentro de sus pesadillas.


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