martes, 29 de julio de 2014

T2: El Último Juego de Niños, Capítulo 38


Alexander Ludwig es Clayton ‘Clay’ Walter
Alexander Ludwig es Clayton ‘Clay’ Walter
Clayton ‘Clay’ Walter paseaba por las calles de su apacible pueblo. Era un chico de dieciséis años alto, de complexión fuerte. Su pelo rubio se aclaraba siempre con el sol, y sus ojos azules parecían dos mares en medio del árido desierto de Summer Hills, el nombre que los habitantes del pueblo le habían dado tras la lluvia.
Nada malo ocurría en Summer Hills, y menos desde que Clay era la ley del pueblo. Su padre, el antiguo sheriff, era un hombre severo y de mano dura, que crió a sus hijos con fuertes convicciones religiosas. Pero él ya no estaba allí, y en cuanto lo enterraron, el cargo pasó a su hijo mayor. A Clay le encantaba su puesto, y desde que él mandaba en el pueblo, nade cometía ningún tipo de delito, o sabían que acabarían en la horca. Y es que si cometías un delito que Clay consideraba grave, acababas muerto en medio de la plaza. Las normas eran sencillas: si cometías algún delito menor, perdías una extremidad. Si reincidías o cometías un delito grave, como una violación o asesinato, la vida. Y si le llevabas la contraria o te interponías en sus asuntos, serías torturado en los calabozos antes de acabar con un collar de cuerda basta en el cuello.
Clay era amable con la gente, pero impartía su ley con puño de hierro, y ya fuera porque le tuvieran miedo, nadie se interponía en su camino.
Los habitantes de Summer Hills no pusieron resistencia ante las nuevas leyes, y Wesley, el hijo del alcalde y actual regidor del pueblo, un chico al que le gustaba demasiado empinar el codo y las chicas, había estado del lado de Clay desde el principio. Wesley se pensaba que era el que mandaba en el pueblo, pero iba muy mal encaminado, ya que Summer Hills era el pueblo de Clay. Él era realmente el alcalde y el sheriff a la vez. Y también el juez, jurado y verdugo de ese pequeño pueblo del sur del país.
Contaba con dos ayudantes, Connor, un chico de trece años fuerte que era su mano derecha, y Mary Lee, una chica corpulenta de quince y a la que confiaría su propia vida.
Pensó en el concurso de tartas del próximo domingo. Y es que en Summer Hills, a pesar de la muerte de todos los adultos, la vida continuaba con la mayor normalidad, y el primer domingo de cada mes organizaban un concurso donde él era el juez. Se relamió los labios al pensar en la deliciosa tarta de Lily cuando alguien empezó a llamarle.
—Sheriff Walter, tenemos problemas —dijo Karen, la dueña de una pequeña tienda de comestibles, una niña de nueve años de coletas castañas y ojos pardo.
—¿Qué ocurre, Karen? ¿Los chicos Dalton han vuelto a robar dulces en tu colmado? —preguntó Clay sonriendo y poniendo sus manos en los bolsillos del pantalón del uniforme de policía que Gery, el pequeño sastre del pueblo le había hecho a medida.
—No, señor. Forasteros —contestó y se marchó asustada.
A Clay eso no le hizo gracia. No le gustaban los forasteros, siempre daban problemas. Habían conocido buena gente, e incluso algunos se habían quedado a vivir en Summer Hills, pero la mayoría sólo quería violar y saquear, y Clay y sus chicos debían detenerles. Incluso ponían los cadáveres a la entrada del pueblo como advertencia, colgados de varios postes, pero hacía ya tiempo que no se acercaba ningún desconocido.
Miró a su alrededor. «¿Dónde estarán?», pensó inquieto. Decidió ir a la comisaría para organizar la bienvenida. Si eran amables, ellos les tratarían con cordialidad, pero si eran hostiles, no dudarían en colgarles en cuanto tuvieran ocasión.
Entró en la comisaría, y saludó a Connor y Mary Lee.
—Señores, Karen me ha avisado de que han… —Pero Connor le cortó.
—Visto a varios extraños en el pueblo —dijo poniéndose bien la pistolera—. Nos ha llamado Finn, están en su bar, y no son buena gente. O al menos eso dice.
—Bien, pues tendremos que enseñarles quien manda en Summer Hills.
Tanto Connor como Mary Lee asintieron. Prepararon sus armas y se dirigieron hasta el bar de Finn.
En frente del local, habían varios coches aparcados. Clay vio como un chico moreno hablaba con una chica de escasa ropa. «Una puta y su chulo, estupendo —pensó Clay—, sólo viene chusma y gente sin modales, habrá que darles una lección.»
Varios chicos de diferentes edades les esperaban apoyados en los coches, entre ellos una niña que no dejaba de tocar algo que tenía en las manos.
—Chicos de ciudad —dijo Mary Lee apoyando las manos en las caderas.
—Sí, se les nota a la legua —añadió Connor.
—Y problemáticos, sólo miradles —Clay estaba cada vez más asqueado—. Van armados y son más de diez. Tenemos que llamar a los Petterson.
Hubo unos segundos de silencio. Sabía que eran peligrosos, pero Clay no les temía, al contrario, trabajaban para él. Los Petterson eran una familia de cinco chicos de entre ocho y dieciséis años, tres chicos y dos chicas, que vivían en las afueras del pueblo. Sus padres eran cazadores de caimanes, por lo que desde muy pequeños sabían disparar y no se lo pensaban dos veces si tenían que matar a alguien.
—¿E-estás seguro, Clay? —preguntó Connor nervioso.
—Segurísimo —Clay les miró—. Es mejor que vayamos a buscarles. Entre todos, tendremos a los extraños en los calabozos al anochecer.
Caminaron hacía las afueras, en busca de los Petterson, su arma infalible para librase de los extraños cuanto antes.
***
Sarah se despertó en medio de una pesadilla de sangre y balas. En ella, Dean estaba de pie, mirándola sonriente, de pronto, una lluvia de plomo caía
Taissa Farmiga es Sarah Nolan
Taissa Farmiga es Sarah Nolan
sobre el chico y le hizo varios agujeros en el cuerpo. Sarah gritaba y le abrazaba, y todo se volvía rojo.
Miró a su alrededor y vio a Bob hablando con Lilith. Maggie dormía profundamente, cosa que le alegró, «Como les vea hablando, se ha a enfadar.»
Jack estaba dormido junto a Melissa, agrazados. Sarah suspiró. En ese momento un fugaz deseo de ser ella la que estuviera abrazada al chico se apoderó de ella, pero lo apartó de su mente. «¿Qué hemos hecho?», se preguntó a si misma recordando que hacía escasas horas habían compartido un momento de pasión junto a la hoguera.
Se tendió en el suelo, intentando conciliar de nuevo el sueño y deseando soñar con algo agradable.
A la mañana siguiente, Sarah no podía mirar a Jack a la cara. Le esquivaba y se sentía mal por lo que había pasado. Iba a ser padre, y ella estaba cada vez más atraída por él. Y estaba Melissa. La dulce y encantadora novia de Jack. A Sarah le caía bien esa chica, pero esa noche no pudo luchar contra sus impulsos y se dejó llevar. Tampoco a ella podía mirarle a los ojos.
—¿Estás bien? —preguntó Maggie mientras preparaban el desayuno.
—Sí, sí —contestó y suspiró—. Vaya festín vamos a comer, ¿eh? —dijo removiendo un cazo de judías.
—Al menos es algo caliente, aunque es más una comida que un desayuno —Maggie sonrió—. Echo de menos los cereales. Espero que la próxima vez que salgan a buscar comida encuentren una caja, o unos Twinkies.
Sarah le devolvió la sonrisa.
—Me encantan los Twinkies —dijo recordando como su madre le llevaba ese dulce los sábados por la tarde si tenía hechos las tareas antes de cenar.
—¿Puedo ayudar? —Melissa se había acercado a ellas sin hacer ruido. Ya se le notaba que estaba embarazada, y las carencias nutricionales hacían que se mareara con facilidad.
Sarah miró el cazo, casi hipnotizada, evitando levantar la vista.
—No hace falta —dijo, esquiva.
—Es mejor que descanses, te daremos una buena ración para que estés fuerte —añadió Maggie sujetando el cuenco más grande.
—Gracias, Maggie —Melissa no se alejó—. Es que quiero ser útil.
—Siempre eres de utilidad —Maggie la miró—. Y si quieres seguir siéndolo, te necesitamos fuerte, así que siéntate que ahora te sirvo —le guiñó el ojo.
Sarah oyó reír a Melissa y vio como la chica se sentaba al lado, esperando el desayuno. Ella no habló, se sentía avergonzada por lo que había ocurrido aquella noche. Una noche de pasión, fuego y estrellas. «Lo siento mucho, Melissa.»
—¿Falta mucho? —Bob abrazó a Maggie por la espalda y la besó en la mejilla.
Sarah vio la cara de Maggie, no parecía muy contenta y sabía porque. Bob estaba demasiado tiempo con Lilith, intentando que entrara en razón, y dejaba a Maggie de lado. Sarah había escuchado las quejas de su amiga una y otra vez, y le sabía mal verla así. Maggie era una de las personas que más quería.
—Ya está listo —dijo algo seca. Bob lo notó y la soltó.
—¿Estás bien? —le preguntó extrañado.
—Estoy —le tendió dos cuencos—. Toma, para ti y tu amiguita —los llenó de judías y le giró la cara. Bob miró a Sarah buscando algo de comprensión. Señaló a Lilith con la cabeza y Bob suspiró.
—Maggie, sabes que te quiero —empezó a decir.
—No es el momento —le cortó Maggie y siguió sirviendo el desayuno a Tommy y Merlyn.
—Bob, es mejor que habléis, a solas, y solucionéis el tema —dijo Sarah.
—Lo sé —Bob fue de nuevo junto a Lilith.
«Éste chico no aprende», pensó sacudiendo la cabeza.
—¿Le puedes llevar el desayuno a Jack? —preguntó Melissa con amabilidad.
—Voy —contestó Sarah sin mirarla.
Jack estaba junto el camión. Sarah se acercó a él y le tendió el cuenco.
—El desayuno —dijo dándoselo y empezó a marcharse.
—¡Sarah! —llamó Jack. Sarah se dio la vuelta—. ¿Qué te ocurre? Estás muy fría.
—Tú ya lo sabes, Jack. No debimos hacerlo —dijo nerviosa.
—No cargues con la culpa —dijo y le acarició un mechón de pelo castaño claro—. Yo soy el culpable. Dean murió, pero yo estoy con Melissa y joder, voy a ser padre. Tú no tienes la culpa de mis errores.
Sarah asintió y se alejó. Jack no la detuvo. Seguía pensando que era culpa de ella. Al fin y al cabo sabía que él tenía pareja, y encima Melissa era una buena persona. Volvió con el resto, se sentó a un lado y desayunó en silencio.
... Capítulo 39 ...

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